miércoles, 17 de diciembre de 2008

Sue Lynne

Quería hacerle parecer pequeño y lo logró. Para ello, congeló su sonrisa; retiró todo atisbo de interés en su mirada; rebuscó en su bolso; sacó un paquete de cigarros; lo abrió; extrajo uno; cogió su propio mechero fingiendo no ver que él le tendía el suyo; encendió el cigarro; le dio una bocanada corta y exhaló un humo que no había pasado de su boca. Después se recompuso sobre su asiento; levantó la cabeza; echó hacia atrás el pelo con un leve movimiento de cuello y luego volvió a posar sus ojos en los de él; por último, tragó saliva mientras él aguardaba su respuesta. Pero esta no llegó.

[Sue Lynne, es muy tarde. Déjame que te lleve a casa por favor]

Él esbozó un “¿entonces?” con voz dulce y sonrisa tierna como queriendo devolver a la atmósfera su calidez previa a la pregunta.
Sue Lynne todavía le miraba cuando se llevó el dedo meñique a la comisura de la boca para golpearse la uña contra el diente. Con ese gesto impropio de una señorita escenificó el desencanto que le produjo la inocente proposición de su acompañante.
"Disimula con modales su falta de valor. Cobarde o no –se conjuró entonces- Sue Lynne no desea hacer el amor con caballeros. El sexo no requiere tanto protocolo, y el amor… un hombre como tú jamás traspasará ese círculo conmigo".
Pero no lo dijo. Prefirió que el silencio y el frío se explicaran.

Jorge Plaza

martes, 16 de diciembre de 2008

Torrisa

Sue Lynne: Chacho, qué te pasa en la boca, bobito... ¡Guaci!... ¡¡¡Guaciii!!! ¡Mira el personaje este cómo habla, toloco y todo!

lunes, 15 de diciembre de 2008

¿dónde voy?

Me meto en el taxi como si fuera un sherpa que carga la mochila de un montañero francés, aunque no sean más que paquetes, envoltorios, mascaras, botellas de cava y langostinos. Dichoso. Soy feliz. En este frío puntiagudo de otoño encontrar un taxi es cabecear en un rebumbio.

-Taxista: ¿a dónde?

-Yo: a casa, por favor.

Lo digo como si nada. Miro por la ventanilla los insultos de la señora que se destripa la cabeza mientras sonrío. Colarse en una parada de taxi es vileza.

Atravesamos la ciudad. La idea de las luces azules y multicolores chirría, jamás he sido capaz de decorar un árbol. Soy belenista, sí: belenista; y mi pieza favorita es el caganet, en medio de la navidad unos pantalones por los tobillos y en cuclillas devolviendo los turrones… Cómo le digo a mis hijos que odio la navidad. Es imposible, solo me queda el karaoke, el abuelo con la dentadura tratando de hinchar el traje y los bufetes de polvorón, peladillas y mazapanes que hay que consumir antes de que se despierten. Yo aprendía a odiar la navidad pronto. Ahora hay que hacerlo sin que se note, ir creándoles la paranoia lentamente, marcarlos de por vida…, todavía no se me ocurre nada pero todo llegará. La ciudad se divierte viéndonos como locos de un lado a otro. Si yo fuera ciudad prohibiría esta fiesta.

El taxi se para y vuelvo en mí. No sé dónde estoy. Ya no hay luces ni nada, ni gente, ni más coches. Miro bien, y le pregunto si acaso se ha equivocado, ésta no es la calle Los Actores número 15. El taxista mira su reloj, me mira, sale y abre la puerta de su casa. Yo sigo todo el ritual con los ojos clavados en él y el cuerpo en tensión.

-Taxista: me dijo que le llevara a casa, ¿no?

-Yo: sí, claro, eso es.

-Taxista: bien, pues aquí está, ésta es mi casa. Anda que… Feliz Navidad. No me ensucie la tapicería…


octavio pineda

domingo, 14 de diciembre de 2008

Texto VII

Lizzie: Sue Lynne, es muy tarde. Déjame que te lleve a casa, por favor.


My Blueberry Nights, Wong Kar Wai

sábado, 13 de diciembre de 2008

Currantismos

- Mi niña, si no hay nada que escribir, no hay nada que escribir, y fuera
- Ya, pero es que hay que escribir, amiga, no tenemos mucho margen
- Siempre queda algún margen, no seas catastrófica
- Catastrofista
- Catastrófica es lo que quería decir exactamente
- Insoportable

La catastrófica resopla. Intenta recordar cuándo en concreto decidió que Eugenia era amiga suya.

- Anoche soñé muchísimas cosas
- Me da igual lo que soñaste. Mejor no me lo cuentes, no vaya a darte una interpretación fatalista de tu sueño
- En todo caso harías una fatal interpretación, lo fatalista no te lo toleraría
- Eres una hija de puta
- No seas drama, anda
- Dramática no quieres decir?
- Drama. Te falta talento para ser dramática.
- Grande hija de puta

- Entonces nada? Dame una idea, igual yo tiro por ahí y sale algo…
- Fue extraño, porque parecía que estábamos todos ahí en esa fiesta y yo estaba esperando que pasara algo- pensativa- era como si estuviera pendiente de alguien pero no recuerdo de quién, y yo iba de aquí para allá y me encontraba con más gente. Estaba con dos guiris hablando. Y vino noséquién y retrocedí. Tu estabas. Y querías irte ya porque no estaba Chema. Y yo ahí. Tenía un collar de bolas de esas de plástico puesto. De esos de moda que lleva la juventud ahora, sabes?
- Podemos centrarnos? Tía en serio ya vale. Yo quiero irme a mi casa y cenar y esas cosas, tu sueño ahora mismo es como ya de un recochineo descarado, cojones, cállate la boca y piensa una jodida cosa ya que me estoy poniendo enferma.
- Enferma de ira?
- Sí, enferma de ira
- Ponle un número. De nueve a diez.
- Mira Eugenia de los cojones. Me voy y te dejo botada y te vas a la mierdísima y si te largan mañana, te jodes, te jooooodes. Eres una podrida pesadilla de mujer, que no te aguanta ni Pepito el del bar, hombre ya y yo aquí oyéndote chorradas nadie sabe ni por qué.
- Lo de podrida pesadilla era necesario? Tu dirías que estás en un… nueve y medio?
- Nueve
- Ah, bueno! Pues estaría pendiente de algún tío me da, en el sueño. Porque estaba así como… como golosilla, sabes? Estaba… como empompada. Y alguien me estaba observando y no sé quien mierdas era. Y de repente me encuentro con Lucía, que llevaba puestas unas gafas de bucear naranjas, mira tú.
- Y a mí qué me importa, tía? Eso… mira, te compras una libretita, lo apuntas todo ahí estupendamente y te callas. Juraito que si al alguien algún día le interesa lo que dices, esa libreta será descubierta y te leerán y te publicarán y serás una pobre mártir de las letras. Fantástico. Ojalá ocurra cuando seas vieja y te mueras al día siguente justo después de leer una crítica mierdosa sobre tu diario de sueños o tu diario de hombres o cualquier mierda desas tuyas que haces.
- De chica tenía un diario de hombres!
- Que tenemos que escribir la columna, Eugenia, coñooooOOOOOO!!
- Pues ponemos esto mismo
- El qué? Tu sueño? Qué interesante, nuestros lectores enloquecerán de puro morbo, claro que sí. Eres boba? Eres boba, Eugenia? Yo me piro.
- Venga, yo lo hago. Que te quiero, guapa.


Laura Artiles

viernes, 12 de diciembre de 2008

Proceso selectivo

Le dió la vuelta de un golpe, uno de esos bruscos, como los que se ven en la tele. No sabía que supiera hacer eso, una sóla llave ¿de judo sería? y ya estaba el tipo gordo en el suelo, sudando, aterrorizado, mientras ella le ponía el zapato camper impecable, reluciente de betún, en la garganta y podía verlo mover los ojos rápidamente en las cuencas, buscando los suyos, buscando un resto de humanidad mientras sentía como le faltaba el aire y una sensación, más paranóica que real, lo hacía sentirse cerca de la muerte. Ella, que se había puesto al fin los pantalones nuevos y la camisa blanca y negra de raya diplomática recién planchada- la roja era demasiado escotada, la negra demasiado cerrada- levantó el pie despacio, mientras lo miraba con una media sonrisa, y le dio la vuelta para atarle las manos, primero, y luego los pies. Una vez inmovilizado, desesperado como una cucaracha boca arriba, allí, al pie de la misma mesa en la que antes se encaramaba con toda su arrogancia, el individuo tragó una a una las esmeradas páginas, aquellas que tuvieron mil versiones antes de serle entregadas, aquellas que tenían medida hasta la raya del pelo y olían a nenuco.

El trabajo había terminado.

El hombre desalmado yacía en el suelo balanceándose, intentando recuperar la verticalidad.

La asesina imaginaria se sintió decepcionada. Ella que había sido capaz de idear los crímenes más crueles, no le había hecho siquiera tragar las grapas.


jueves, 11 de diciembre de 2008

Lázaro

- ... y una vez mezclados, fundidos el placer y el dolor en un todo magmático ¿crees que alguien puede morirse a gusto o hallar gusto en la muerte incluso?
-Pero... ¿acaso un muerto tiene psique e inteligencia como para dejar que la imaginación vuele libre aun después de muerto?
-Considerar que el muerto cacece de psique es pura convención. Que el cuerpo del difunto parezca yerto y ajeno a toda sensación física externa no es más que apariencia. Según nuestra filosofía -basada en la praxis- nadie está lo bastante muerto como para dejarse sucumbir por segunda vez cuando los placeres de la carne te incitan a ello.
-Pero para morir dos veces haría falta primero volver a la vida. Y eso, hasta donde yo sé, es imposible.
-y esa ignorancia tuya se volverá conocimiento con la lección de hoy.
-Estoy deseando escucharla.
-¿Para ponerla en práctica?
-Cuantas veces fueran necesarias.
-Sinvergonzona...
Pues bien, en los Anales de la Historia Libertina existe un capítulo reservado a los que como tú han sido ya iniciadas en los principales misterios. Sin embargo, aquellos sobre los que este capítulo versa hablan de cosas que no debieran salir de estas cuatro paredes.
Toma aire y escucha con atención.
Has de saber que en el santuario del libertinaje tenemos santos y santas cuyos milagros han sido vistos por numerosos testigos que han dado fe de su veracidad.
El primero, y tal vez por ello más insigne de todos, lo realizó nuestra santa tatarabuela la Marquesa de Sade, quien fue erigida a los altares de la Santidad Libertina en virtud de un milagro único: devolver la vida a un muerto, de nombre Lázaro, a cuyos ojos ya opacos a la luz, a cuyas manos yertas ya e inmóviles y a cuyo cuerpo gélido todo él, devolvió la luz, el movimiento y el calor húmedo que habita en la entraña de los vivos.
-¿Y cómo se explica eso?
-Lo explica cierta máxima nuestra a la perfección.
-¿Y cuál es?
-"El placer es más fuerte que la muerte".
-Pero no logro penetrar el enigma que este misterio encierra...¿Cómo es posible dar placer a un muerto?
-Lo primero, querida, es que no todos los muertos son iguales. Para que un muerto halle placer aun después de muerto son necesarias ciertas condiciones que tan solo un cadáver verdaderamente libertino puede reunir.
-¿Y cuáles son?
-A esto te diré que basta saber que que no a todos los muertos el rigor mortis les sienta tan mal, pues he aquí que al verdadero libertino lo reconocerás porque morirá armado en todo su vigor y listo para acometer toda clase de tropelías sexuales postmortem y ad eternitas.
-Pero eso es, Dolmancé, absolutamente antinatural. Yacer con un muerto es, es...
-¿Pero cómo antinatural!... ¿no es acaso la naturaleza quien le ha dado al muerto su viril aspecto?
-Sí...
-Pues he aquí que el tal Lázaro, súbdito del marquesado y celebérrimo libertino, murió armado. Y que nuestra tatarabuela, tan pronto como tuvo noticias de ello, se apresuró a saciar su santa curiosidad con el finado. Y hete aquí que se obró el milagro. Un milagro que los vivos vieron expresarse en forma de vuelta a la vida de un cuerpo ante cuyas acometidas sexuales de aquella hembra magnífica que fue nuestra tatarabuela, cuyos exuberantes senos y glúteos mezclados con un saber hacer sin parangón devolvieron el aliento a Lázaro. Y que el mismo Lázaro fue quien relató, una vez hubo saciado su apetito sexual con sorprendente vitalidad, cómo su alma retornó a su cuerpo.
Según contó, una misteriosa voz le llamó desde la orilla del Más Acá cuando se encontraba embarcado cruzando el Estigia. Y que dicha llamada -la de la carne sin duda- le devolvió la energía como para desamordazarse y en un acto de extrema valentía detener el cansino remar de Caronte al que obligó a dar media vuelta con palabras tan persuasivas como persuasivos fueron sus gruñidos.
-¿Pero es maravilloso! Estoy deseando ponerlo en práctica yo también.
-Todo a su tiempo, todo a su tiempo.
En cualquier caso, has de saber que no hay milagro sin conjuro. Y que para que éste tenga lugar has de pronunciar ciertas palabras secretas. Promete Eugenia que las guardarás como un secreto so pena de muerte.
-Lo prometo.
-Pues entonces, has de saber que cuando te enfrentes al muerto pondrás en práctica las maniobras de seducción que tan bien conoces al tiempo que pronuncias las palabras siguientes:

¡Eh, tú, muerto!
¡Vuélvete y toma estos manjares que te ofrezco!
¿O eres acaso un frívolo fiambre desagradecido?
Toma lo que es tuyo antes
de ser pasto para el fuego
o nido de gusanos bajo tierra.
¡Un póstumo amor ilícito te ofrezco!
¿Vuelve, muerto, si eres lo bastante
hombre aún para tomarme!


Jorge Plaza

miércoles, 10 de diciembre de 2008

La filosofía y el tocador

Yo siempre había pensado que el tocador era para tocarse, por eso siempre pedía un tocador a los Reyes, y mis padres, en representación de los Reyes, me decían que eso eran cosas de niñas, y no sólo de niñas, sino de las niñas de antes. Pero yo quería un tocador, sólo que después de un tiempo me olvidé, y para cuando empecé a estudiar la carrera de filosofía ese anhelo ya se había desprendido como una hoja en otoño (había pasado el tiempo y yo exageradamente me sentía en el otoño de la vida, supongo que a ello contribuía el hecho de leer a Nietzche y a Cioran, sobre todo). Antes de licenciarme, exactamente dos asignaturas antes, empecé a tocar en un grupo y dejé la carrera. Bueno, en realidad no era exactamente un grupo, éramos dos y tocábamos canciones folk, viejos éxitos folk por los bares de la ciudad, y la verdad es que se ganaba bien, o al menos se ganaba lo justo para mantener nuestro nivel, o nuestro tren, como prefieran, de vida (en realidad, yo prefiero pensar en un tren, una locomotora que cruza Siberia y en la que no tarda en aparecer un cadáver, como en aquella película). Después de unos meses, mi compañera, la cantante, se fue a malvivir y a seguir con su carrera musical a Londres. Bueno, no exactamente a Londres, sino a Bath, algo más al sur, creo, y a trabajar en un hotel, en el servicio de limpieza de un hotel. Y fue más o menos por aquellas fechas cuando tuve un hijo con una amiga que solía venir a nuestros conciertos. Una hija, en realidad, y la llamamos Eugenia, no sé muy bien por qué. La madre me explicó algo sobre Grecia que no terminé de entender (la madre era griega y sólo chapurreaba unas palabras en inglés y otras, probablemente las mismas, en español). Una noche de Reyes iba deambulando por las calles de la ciudad, buscando qué regalar, después de haber tocado "La vie en rose" al piano unas quinientas veces en una cafetería a la que sólo iban viejas a tomar café, un único café al que siempre le quedaba un sorbo durante horas y horas, y a escuchar "La vie en rose". Deambulaba y me frotaba las manos para darme calor o para desprenderme las notas de "La vie en rose" de la yema de los dedos y entonces lo vi, en el interior de un negocio de muebles antiguos, un pequeño tocador de mármol que se sostenía sobre cuatro finas patas de hierro negro. El espejo era de esos ovalados que giran. Me puse a girarlo hasta que vino un hombre muy mayor, arrastrando los pies, y me preguntó si me interesaba. Le dije que sí, que estaba pensando en regalárselo a mi hija. Me preguntó cuántos años tenía mi hija. Se lo dije. El hombre hizo un gesto de aprobación mientras asentía con la cabeza y parecía irse quedando dormido. De repente volvió en sí y me dijo que lo comprendía perfectamente, que hoy en día nadie regalaba algo así, que se consideraban antiguallas, armatostes, algo del todo demodé, y que eso era precisamente lo que le confería, si tal cosa era posible, mayor grandeza, no sólo como objeto sino como obra de arte destinada a perdurar por los siglos de los siglos, amén. En realidad no sé si dijo amén o lo imaginé. El caso es que la compré, la llevé, a ratos arrastrándola, a ratos en peso, hasta el ángulo oscuro del salón de la casa familiar y la miré un buen rato con los brazos cruzados. Ocupaba, majestuosa, casi todo el espacio que quedaba libre entre los sofás y las estanterías llenas de figuras de porcelana, figuras que representaban a Moisés con las tablas de la ley o a un payaso muy triste, y entre las que no faltaban gatos juguetones y cisnes en procesión. Me fui a la cama con la satisfacción que dan los sueños cumplidos. Esa noche soñé con Cioran que me repetía que el tocador era seguramente una catástrofe intelectual. Cuando me desperté oí voces en el salón. Bajé y encontré a mi mujer y a mi hija cuchicheando en griego (en realidad, todo cuchicheo suena a griego) alrededor del tocador embalado en papel marrón. Entonces mi hija se apartó del mueble, se acercó con cautela y se detuvo a unos pasos de mí. Papá, por favor, me dijo, toda ojos, dime que es una Wii.

martes, 9 de diciembre de 2008

enjambre

fui desnudándote y quité una pierna cuatro dedos de la mano cinco dientes desabrochaban la camisa el ruido de los brazos como roca tu broma por detrás despiezándonos la espalda los ojos y los cajones una lengua que crujía y te hizo daño el omoplato junto a la costilla de ayer músculos tráquea algunos hombros como si nos envolvieran en una bolsa me entregaste luego el pie recuerdo tus sandalias sin poder decir ni palabra ni cuello me soportabas líquido que aparecía desaparecía tal vez la máscara o el pelo el olor y la sombra como dos ropas de aire desencajé mis uñas tú revolvías la saliva cada hora goteaba al aire las extremidades con nuestra boca aislada dulce inclinándose y el beso unido esqueleto por convertirnos en cristal los labios de otro ritmo en un cuerpo la tormenta de anoche y nuestras estatuas derrumbadas


octavio pineda

La imaginación de la violencia

Medellín, 2009.

Adivinar como la violencia y la imaginación juegan con el meco, con el metrallo, con la capital colombiana en la actualidad no es fácil.

El mundo parece estar en un coma permanente. A miles de kilómetros Israel y Palestina acaban con la posibilidad de una pequeña respuesta. Caer en una de las calles de la nueva Hispanoamérica no es fácil. Los perros que antes mataban a los indios salvajes, ahora son adiestrados por el hambre, la avaricia, la cocaína, políticos corruptos, corruptos también los que están aún en las barrigas, el caos circulatorio y humano de todo el continente. Pero no interesa ni a la literatura del derecho internacional ni a la de las editoriales. Y desde luego no podemos pretender que salven el mundo ni los jueces ni los editores.
El mundo se vuelve aburrido, repetido hasta la náusea, son las babas de dios. Todo se ha quedado varado en la tristeza.

La imaginación y la violencia se las tiene que inventar un buen paisa, porque las de Medellin ya no valen. La economía de la violencia esta en crisis. Lo dejo aquí. Es el quinto cuento que mato en un mes por estar enfermo de mala realidad.


A.León

domingo, 7 de diciembre de 2008

Texto VI

EUGENIA: Si esto es así, cuanto más agitadas queramos estar, más desearemos conmovernos con la violencia, más rienda suelta habrá que dar a nuestra imaginación en las cosas más inconcebibles; nuestro goce mejorará entonces en razón del camino que haya hecho la cabeza, y…
DOLMANCÉ, besando a Eugenia: ¡Deliciosa!
SRA. DE SAINT ANGE: ¡Qué progresos ha hecho la bribona en tan poco tiempo! Pero ¿sabes, encanto, que se puede ir lejos por el camino que nos trazas?
EUGENIA: Así lo entiendo, y puesto que no me he impuesto ningún freno, ya ves a dónde sospecho que se puede llegar.
SRA. DE SAINT ANGE: A los crímenes, malvada, a los crímenes más negros y más horribles.
EUGENIA en voz baja y entrecortada: Pero tú dices que no existen… y además, sólo es para calentarse la cabeza, no se hace nada…
DOLMANCÉ: ¡Es sin embargo, tan dulce, hacer lo que uno ha imaginado!


Sade. La filosofía en el tocador.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Pura casualidad

Estimado lector de Shuffle:

Agradecemos sobremanera su interés y sobre todo su fe en nuestras capacidades, no obstante le aseguramos que todo lo acontecido ha sido pura casualidad. De verdad que si pudiéramos conseguir que su gato dejara de mearse en el poyo de la cocina escribíendole un cuento, lo haríamos, si es que no nos cuesta nada, pero entienda usted que esto es un despropósito.

Vuelvo a leer la noticia -bendita navegación por pestañas- y me sonrío un poco. Ya es casualidad. Y claro, si hubiera sido esto sólo... aunque ¿Cuánto hacía que no se usaba el Pentotal en los interrogatorios? Pero bueno, si hubiera sido eso sólo, la policía india y la utilización de métodos de interrogación propios de la guerra fría, pues bueno, vale. Casualidad.

Querida amiga y lectora:

Antes que nada nos gustaría manifestarle nuestro deseo profundo de que apruebe esa oposición que la trae por la calle de la amargura, como usted dice, y que la está convirtiendo en una mujer obsesionada por el ciclo de apareamiento de la mosca de la fruta, y que la ha hecho ganar tres kilos – qué no son tanto, mira tú, eso con una dieta sana...- pero de verdad que no tenemos ninguna influencia real sobre el destino. Piense que así fuera, ya habríamos explotado esta capacidad, y no estaría yo aquí contestando correos ¿no le parece?

Pero claro, estaba también lo de Chucré, que había conseguido trabajo apenas ocho horas después de la publicación del post. Vaya coincidencia. Ocho meses en paro que llevaba el chiquillo. Y no había manera. Y fue darle a publicar y pum, a la mañana siguiente Chucré trabajando. Y eso que no lo leyó, ni nada.

Estimado Señor:

Respetamos profundamente sus opiniones, a pesar de que no las compartamos en absoluto. Si tuviéramos en nuestras manos la manera de acabar con las guerras, el hambre en el mundo y, de paso, ese dolor de ciática que dice que le tortura, no dude que lo aprovecharíamos. No obstante le agradeceríamos que, en futuras comunicaciones, evitara los improperios y las descalificaciones, que niñato egoista y desconsiderado lo será usted o algún miembro cercano de su familia. Con perdón.

Luego, todo se precipitó, y empezamos a atar cabos. El señor de la fotocopiadora abandonó Argel por fin para irse a vivir a Estocolmo y montar allí un servicio de reprografía, y el italiano le confesó a Jota que estaba de incógnito investigando los movimientos de cierto grupo terrorista. Pícara76 puso una querella por utilización inadecuada de información privada, la camorra le dió una paliza a Luca por no pagar los portes de Matilde, y el poeta seductor publicó por fin su libro. Investigando un poco supimos también que el mayor experto en Wolfgang Füler había escrito un artículo retractándose de su último libro, ante la decepción que experimentó cuando por fin pudo leer La senda de la guerra, “ese pastiche indecente”; y que una tal Amaya Martín López permanece ingresada en un sanatorio mental, atendida una vez a la semana por el psiquiatra que comparte con su hijo menor. Respecto al museo de Henri Beyle, ha sido cerrado por formar parte de una investigación policial internacional, mientras Eduardo Ginés se pasea alegremente en paradero desconocido.

Tras algunas reuniones de urgencia decidimos no darle importancia a los hechos. "Casualidad", nos repetimos una y otra vez, entre algún “pero quién sabe” despistado.
Sin embargo, nos hemos propuesto contestar a todos los correos recibidos y solicitar a nuestros lectores que abandonen sus esperanzas de caseta de feria. La expectación es lógica, los medios de comunicación se han volcado con el caso, se han dedicado ya varios minutos al tema en los informativos estatales, además de la producción y realización en tiempo record una serie documental que se emitirá en Antena3 la próxima semana- “Shuffle, el diario de mañana”-, en dos entregas consecutivas.

Compruebo que no quedan correos pendientes y vuelvo por fin a mi texto:

"Minutos antes de morir, la poeta argentina, con el frasco de Pentotal vacío aún en la mano izquierda, se permitió a sí misma saber la verdad, la verdad atroz que habría acabado con sus sufrimientos, y que había averiguado cuando era ya tarde, muy tarde..."

La pestaña del mail parpadea y me interrumpe, y yo la pulso, resignada.

Estimados tracks:

Esta mañana no tengo dolor y he salido a la calle sin bastón. Muchas gracias. Entiendo que lo del hambre y las guerras les lleve algo más de trabajo. No obstante, permanezco a la espera.

Atentamente.

Sheila R. Melhem

viernes, 5 de diciembre de 2008

Petanca

Oh, pobre de ti, querido, cuánto mal te he hecho en esta noche
y cuánto mal me he hecho a mí también.


Esta vieja pícara es traviesa… perdónala.
Así se disculpaba Doña Eugenia ante su marido recién dormido. Le acariciaba el pelo y le miraba –pobre, qué cosas te hace tu mujer…

Hora y media antes estaban sentados en el salón de su casa. La cena estaba recién hecha y Antonio descorchaba un vino que ella había comprado especialmente para la ocasión. Cenaron una sopa y una ensalada de lechuga, tomate, trozos de pollo y nueces. Mientras comían, Antonio refirió cierto acontecimiento insólito que le ocurrió durante su partida matutina de petanca. Pretendía convencerla de que cierta ráfaga de viento se alió con él para impulsar la pesada bola lo justo como para hacerla caer en el lugar apropiado. Basta con pedírselo… al viento claro –aseguraba- y dado que era viento del sur hay que hacerlo en su propia lengua, en este caso el árabe. Sabes que serví en el norte de África y que esta lengua no tiene ningún secreto para mí.
A doña Eugenia no le molestaban las mentiras de su marido, de hecho le gustaban. No eran maliciosas ni tampoco vulgares, ni de esas que urden los mentirosos al uso. Él mentía por defecto sin faltar a la verdad. Lo que ocurría era simplemente que en sus discursos ésta perdía el papel protagonista para quedar relegada a un segundo o tercer lugar, si no entre bastidores.
Pero aquella noche Doña Eugenia quería saber algo. Y ese algo lo quería sin disfraz. Hacía semanas que le daba vueltas a un desgraciado suceso de juventud no del todo aclarado entonces. Una vieja sospecha de una temprana infidelidad venía a atormentarla ahora de nuevo, tantos años después. Ahora –pensaba- ya estoy preparada para saber si realmente ocurrió.
Y alguien le mencionó el pentotal como el medio más efectivo para obtener la verdad de labios de su marido. Disuélvelo en la sopa y hablará.

Esa lengua endemoniada –siguió diciendo Antonio- es una … una… -comenzó a titubear. De pronto ni las ideas ni las palabras que las transportan le afluían como de costumbre. En breves minutos pasó de tramar historias con pasmosa facilidad a no poder más que concatenar tres ideas seguidas. El árabe… los espesos bosques del Rif… la gruta de Alí Baba… y los mismos gestos incluso que antes le servían para ilustrar sus relatos, ahora mostraban con mayor elocuencia si cabe los síntomas claros de una repentina indisposición lingüística. Antonio estiraba el cuello y metía hacia dentro la barbilla como quien espera eructar y con ello librarse de aquel incómodo lapsus. Imposible. Después trató de hacerlo girando a derecha e izquierda lentamente el cuello hasta hacer crujir sus cervicales. En vano. Antes de que pudiera darse cuenta incluso, se había quedado completamente en blanco, pero Antonio, lejos de resignarse y callar, luchaba como un púgil golpeado que apenas se tiene en pie pero que intenta mantenerse en el cuadrilátero para, oh fatalidad, recibir el golpe tremendo que termine con sus huesos definitivamente en la lona. Y su cuadrilátero, ese que conocía tan bien, no era otro que el de la ficción, donde siempre se había mostrado ágil como un pez y eléctrico como una anguila. Carente de ideas, su discurso se volvió una carcasa vacía, un carromato estéril que, aparte de a sí mismo, no transporta mercancía alguna. Sus esfuerzos últimos por no someterse a la voluntad abrasiva de la verdad fueron los propios de un pez ya pescado cuyas últimas energías consagra a voltear su cuerpo en tierra. En su caso, como el que trata de hacer tiempo a la espera de que alguna idea le sobrevenga de pronto, su discurso era una estéril concatenación de pleonasmos: el árabe, esto es… por tanto… según tengo entendido… eh…sin embargo… claro está… como no podía ser de otro modo… por consiguiente… y esto es absolutamente incontrovertible…
Pero ¿de qué le servían si entre ellos no había ideas? Cuándo se ha visto un edificio construido sin ladrillos, piedras, hierros y otros materiales. De argamasa no se levantan muros, no se tienden aceras, ni erigen campanarios, ni levantan catedrales, ni edificios, ni casas, ni ciudades.
Poco después Antonio estaba exhausto. Ahora podía ver con claridad la futilidad de sus ridículos conatos. A los demás podría engañarles, pero a él, imposible. Consciente de que su discurso era un páramo estéril, un yermo abandonado, calló definitivamente.
Ahora Doña Eugenia tenía vía libre, sólo había que formular las preguntas apropiadas. Y para no equivocarse se propuso seguir al pie de la letra la lista de preguntas que le facilitaron. Pero no pasó de la primera y protocolaria ¿Eres Antonio Díaz Mújica, verdad?
La respuesta dejó a Doña Eugenia confusa y desorientada; destemplada y llena de una mezcla de pánico y lástima se apresuró a llevarse a su desnaturalizado marido a la cama y obligarle a dormir entre arrullos y nanas.

Ésta fue su respuesta.
Antonio Díaz Mújica me llaman. Pero soy solamente un hombre más. Tengo casi ochenta y seis años y desde hace casi el mismo tiempo lucho por seguir vivo. Respiro para vivir, como para vivir, miro, huelo, palpo, oigo y saboreo para seguir viviendo. Por vivir, he jugado como un niño y he amado como un hombre. He mirado de frente y he bajado la vista casi el mismo número de veces. Me he fallado a mí mismo y te he fallado a ti. La costra del pecado, esa, qué duda cabe, la llevo pegada a mi frente. Pero te he amado más que te he fallado de igual modo que me he amado más que me he fallado, y por eso sigo vivo. Hombre soy, mortal de condición, y por tanto pronto moriré. Para vivir, no he encontrado mejor medio que éste que conoces. No sé si es el mejor, pero aquí estoy. Antonio Díaz Mújica, qué importa eso, es solo un nombre más, uno de tantos que se han desvivido por vivir, Dios me perdone.


Jorge Plaza

jueves, 4 de diciembre de 2008

La espalda de la jornada fue la palma de la mano

Sobre lo del pentotal no tengo nada que decir.
O tal vez sí.
Aunque lo que de verdad me gustaría contar es otra cosa, me gustaría poder contarles algo sobre mí misma. Algo auténtico sobre mí misma. Algo que me sucedió durante una visita guiada al desierto. Habíamos llegado el día antes, en avión. Habíamos sobrevolado el desierto de noche, habíamos visto algunas luces. Alguien dijo que debían de ser jaimas. Alguien dijo, pero más tarde, de camino al oasis, escoltados por un coche patrulla, que ya quedaban muy pocos camellos en Argelia, que se los estaban llevando a Malí. Alguien preguntó si no era demasiado tarde. Más tarde alguien roncaba y alguien hablaba en el cuarto contiguo con un hilo de voz apagado. Alguien se reía. Alguien tocó a la puerta, nos dio los buenos días. Desayunamos. Sólo faltó París, afuera. Alguien señaló a la lámpara con forma de Torre Eiffel y bromeó. Salimos y vimos por primera vez el palmeral que nos rodeaba. De no ser por las casas de adobe habría jurado que estaba en casa. La luz era la misma, sólo la tierra era más roja. Y más dura, quizá. Nos llevaron al desierto. O al menos a un brazo de dunas que el desierto había alargado hasta el borde mismo de la carretera. Nos subimos a una duna. Luego subimos a otra duna. En algún momento J y yo le preguntamos al guía señalando a la duna que se recortaba en el horizonte si al trasponerla podríamos correr el riesgo de perdernos. El guía dijo que sí y se rio, o tal vez fuimos nosotros mismos. J y yo, quiero decir. En cualquier caso, fue una risa nerviosa. Le preguntamos si quería acompañarnos y nos dijo que prefería quedarse. Antes de dar media vuelta nos pidió que no tardásemos mucho en reunirnos con el grupo. Vi mi reflejo en las gafas de sol de J. Mi cara parecía de oro o eso pensé. Parecía la cara de un busto dorado, una cara demasiado seria. Sentí un escalofrío. Nos sentamos sobre una duna y lié cigarrillos para J y para mí. Hablamos mientras lo hacía, y luego seguimos hablando mientras fumábamos. En realidad, fue mi primera conversación con J durante el viaje, y puede que también la única. Hablamos de lo que nos iba a pasar, a él antes que a mí. O puede que a mí antes que a él. Nunca se sabe. Hablamos de otras cosas. De hecho, todo el tiempo tuve la sensación de que en realidad estábamos hablando de otras cosas. Más allá de la conversación, quiero decir. Como si las palabras señalaran un objeto y detrás de ese objeto hubiera una sombra agazapada. O como si más allá de las palabras hubiera una mano en mi nuca. Entonces alguien nos dio un susto. Se había acercado con sigilo por detrás y nos había dado un susto. A mí al menos me asustó y creo que a J también. Aunque no movió un músculo, estoy segura de que también se asustó. Entonces alguien nos dijo que nos había echo una foto mientras hablábamos sentados en aquella duna. Sacó el móvil y nos enseñó la foto. En la foto se nos veía muy pequeños sobre la duna, pero se nos podía distinguir perfectamente. J parecía un gigante a mi lado. También parecía más oscuro, pero sólo porque tal y como estábamos sentados el sol me iluminaba la cara. Esa vez, al verme, sentí alivio. Entonces bajamos la duna. Luego bajamos otra duna, y así hasta llegar al coche. Alguien había extendido una alfombra sobre la arena. Alguien había preparado té. El guía tomaba su té y me miraba apoyado sobre un codo, acostado detrás de un arbusto. Alguien preguntó si no era ya tarde. Volvimos al palmeral. A veces íbamos a 120, pero a veces a 140 kilómetros por hora. En algún momento me quedé dormida. Esa noche lié dos cigarrillos más pero no pudimos fumarlos. Primero hubo una cena tradicional en una jaima que habían montado fuera de la casa. Luego J se puso a dibujarnos a todos en el libro de visitas. Todo el mundo quedó satisfecho con su retrato. Tal vez sólo yo pensé que no me parecía. Entonces alguien dijo buenas noches, alguien preguntó la hora y alguien dijo buen viaje.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

preguntas

G: ¿Y qué te hicieron?
J: Estaba limpio, tío. No me habían fichado y me dejaron ir. Joder, menos mal.
G: ¿Pero por qué tardaste tanto?
J: Yo qué sé. Es la primera vez que voy. Ni puta idea. Será normal.
G: No. No es normal, ¿te interrogaron?
J: Te he dicho que no.
G: No, no me has dicho que no, ¿te interrogaron?
J: No, vamos... creo que no.
G: ¿Cómo que "vamos"?
J: Mira, se me nublan un poco las cosas. No sé. Mezclo el tiempo. A ver..., entré, bueno, me hicieron entrar después de que me viera aquel tipo cerca del coche.
G: Te dije que no te acercaras todavía.
J: Bueno, ya lo sé, pero pensé que si iba acercándome poco a poco sería mucho más sencillo sentarme un día a tocarlo.
G: No estás aquí para pensar, joder. Ya te lo avisé.
J: Bueno, total. Entré y recuerdo que empezaron a preguntarme cosas absurdas. Cuántos años llevaba vivendo aquí. Cuál era mi equipo de fútbol preferido. Qué solia comer... Para mí aquello era algo rutinario, ¿sabes?. Nunca me imaginaría un interrogatorio de esa manera. Que sí solía irme de vacaciones a la costa. Que sí había conocido Uruguay...
G: ¿Eh...?
J: Sí, la sala era luminosa. Me deslumbraba, incluso. Yo no paraba de responder a esas preguntas absurdas, una tras otra. Cuántos años tengo, fue la última cosa que me preguntaron. Pero me da que en el medio me dijeron más cosas. No sé... Es raro. Salí de ahí con los ojos bien abiertos y muy seguro, como tú me habías dicho que debía hacer si acaso algo se torcía. Creo que conservé la calma. Pero ahora que lo pienso se me escapan los detalles. Es eso. Sí. No sé... Se me fueron los detalles.
G: No te entiendo.
J: Es que me suena que estuve un rato largo y en la cabeza se me pasa volando. Son como unos pocos minutos nada más.
G: ¿Pero no te preguntaron nada por el coche, no te hicieron nada? ¿Ni siquiera un puñetazo...?
J: Del coche no recuerdo que me dijeran nada, espera... ¿O sí? tío sabes que no estoy seguro, joder. O sea, para mí que no...
G: No les dirías nada, ¿no?
J: Que no, de verdad, que no coño, no me mires así. Además me dejaron ir, ya sabes... Ellos van probando, si tuvieran sospechas no me habrían dejado salir. No son tan gilipollas...
G: Bueno, cualquiera sabe... Entonces de lo del coche nada, sigue todo limpio.
J: Que sí joder, eso sigue limpio. Además ni llegué a tocarlo, solo estaba a unos metros cuando me preguntaron aquellos tipos si podía acompañarles . Y el coche se quedó ahí, menos mal que ese no era el día previsto que si no...
G: Ya... Esto trastoca un poco los planes. No sé. tendré que informar y esperar nuevas instrucciones.

(Tocan a la puerta. G y J, después de un momento de duda contestan al interfono)

G: ... ¿Sí?
P: Hola, sí, disculpa, soy la vecina del séptimo derecha, la señora F, mi niño, me he dado cuenta de que me he quedado sin llaves, no te imaginas..., he tenido que volver, angustiada y todo... ¿puedes abrirme?

(G algo más tranquilo, le dice que no se preocupe y abre la puerta de la cancela de abajo)

Según los agentes, el ciudadano G y el ciudadano J no opusieron resistencia a la hora de su detención en el piso franco instalado en la calle Misericordia de Madrid. Se les incautó numeroso armamento y algunos artefactos de alta potencia preparados para ser colocados como trampas en los bajos de algún coche. La operación fue llevada a cabo con discrección y con una limpieza absoluta, gracias a los datos obtenidos horas antes en un interrogatorio fortuito efectuado cuando al ciudadano J se disponía a mirar en los bajos de uno de los coches oficiales de la jefatura del gobierno.

octavio pineda

martes, 2 de diciembre de 2008

Ficciones

La verdad es que me costó horrores pero al fin llegué. Cogí un avión de 2 plazas, volando de noche, sin saber pilotar, en medio de una tormenta bajo un suelo azul (Este continente es azul de noche), para ser África (Hispanoamérica no me valía porque empezaba a estar preocupada en las estupideces de Europa y América del Norte). Y todo para que fuera ella la que narrara sobre esta pregunta:

¿La realidad es una ficción, una mentira linda muy mal contada, pero que muy mal narrada, o simplemente, y que valga el simple sin resultar absurdo, una verdad simplona? 

Era un pregunta a la imaginación de África, a la mala realidad por antonomasia. África podía contestar con una verdad o con una mentira:

A Chucré y Amín se lo habían quitado todo. Los dos eran argelinos, con todo el peso que configuraba eso para ellos. Su Argel era el lugar más hermoso de la tierra, donde estaba Mamá, la hermana, los hermanos y Papá, pero Argel era a la vez un perro rabioso, moribundo, donde no había manera de encontrar un trabajo, de hacer una vida que no fuera absurda. Por eso, escribieron un pequeño capítulo que no se puede narrar, porque se repite al menos 200 veces al día, y llegaron a Barcelona. 

Todo por un trabajo, para ganarse la vida. Porque es la realidad la que elige como un elemento fundamental de cualquier personaje, exactamente 12 palabras de las 24 que debe tener cada frase del cuento, que se dedique a un trabajo.

Chucré es pastelero pero su dulzura choca con la repostería catalana. Amín es futbolista, como Zizou, pero una mala patada le dejo la rodilla maltrecha y le rompió la imaginación que para bien o para mal se escribía con un pie. Ahora Amín estaba en Marsella, y Chucré lo echa de menos. 

A.León

lunes, 1 de diciembre de 2008

CaprichoS

La premedicaron con pentotal sódico a dosis muy bajas. Cuando ya estaba vestida para la cirugía en aquel vestíbulo que hacía las veces de hospital, el ayudante del cirujano, que al mismo tiempo era el ayudante del anestesista, cayó en la cuenta de que no quedaba ni una ampolla de buprenorfina. Ni de midazolan. Ni de propofol. No era bueno que tras tres semanas de abrir el chiringuito, empezáramos a tener retrasos con los pacientes quirúrgicos, perderíamos clientes, se dijeron los tres socios con un golpe de vista.
Amaya quería estirarse los ojos. Detestaba su mirada bovina. Quería un buen par de ojos rasgados en su cara morena. Y a eso fue. Cuando vio a los tres embatados y enguantados señores mirarse de aquella manera tras rebuscar en la pequeña estantería de metacrilato que guardaba los inyectables, pensó, ellos sabrán. Y sonrió. Fue su última sonrisa de ojos redondos. Luego fue todo sonrisas. El cirujano se desmadró un poco tirando durante la cirugía y la piel no quiso ceder más de dos milímetros luego. Amaya sonrió efusivamente durante el resto de los días incluso cuando lloraba. Y mira que luego le tocó llorar…

No estuvieron más de noventa minutos con la paciente dormida en quirófano. El ayudante de cirugía cosió las lenguas de piel detrás de las orejas. Le habían prometido dejarle suturar a los pacientes una vez por semana, para que fuera practicando con el instrumental y pudiera parecer un ayudante solvente en menos de tres meses. El ayudante dio el último punto, cortó con las tijeras de hilo el plástico absorbible que agarraba la piel de Amaya al resto de su cabeza, cerró el gotero y dejó a la paciente que despertara tranquila.

Amaya sintió los ruidos lo primero. Pero no pudo moverse aún ni preguntar cómo había ido. Al despertarse y vestirse y calzarse (el chiringuito daba el alta en el instante), Amaya no hizo caso siquiera a su sonrisa perenne, pues pensó que eran lógicos la hinchazón y los moratones y que ya se le pasaría. Había ido sola. En casa se habrían preocupado mucho y no hacía falta. Era sólo un capricho. Para contentarse a ella. Aunque seguro que al verla tan guapa, todos se alegrarían.

Los niños en casa la recibieron espantados. Amaya era una masa violeta envuelta en gasas y esparadrapo. Su marido le preguntó quién narices le había hecho tal cosa y el más pequeño gritaba mientras se golpeaba contra la pared en plan kamikace.
- Cariño, estás bien? Dime que estás bien.
- Estoy estupenda, no lo ves?- sonreía, igual que hacía dos minutos
- Pero Amaya, qué ha pasado? Siéntate, ven- le ofreció su brazo y le agarró la mano, compungido, el marido- puedes?
- Claro que puedo, mírame
- Es que da un poco de cosa mirarte, cariño
- Pero si tengo los ojos rasgados, estoy espectacular!- sonreía, la piel tirante, el zumbido de la anestesia todavía en los oídos
- Hijo, para ya, compórtate como un ser humano- le dijo el marido al niño
- No sé bien por qué le sigues llamando hijo, si no sabemos de quién era la muestra
- Cariño, estas loca?
El niño berreaba y decidió ponerse a girar haciendo una hélice con sus piernas mientras rompía la porcelana que a Amaya le gustaba colocar justo ahí, en el rodapiés del salón
- ¿Qué dijo mamá?- dijo el niño entre el escándalo de la cerámica y su respiración
- Nada, cariño, nada- El marido buscó entre la masa violeta los ojos de su mujer para increparla, pero Amaya no debió ver nada
- Que no sabemos de quién eres, hijo, hace tiempo fuimos a un sitio y les dijimos que me metieran en la barriguita los bichitos de un desconocido y al tiempo naciste tú.
- Amaya, por favor, vas a traumatizar al niño-
- Qué dices, mamá?- Los padres miraron al chiquillo. Amaya aún sonreía ajena a la siniestra expresión de su cara. El niño se había levantado del suelo en una voltereta, y se despejaba el pelo de la frente brillante del sudor. Los miró fijamente, extrañado y odioso al mismo tiempo, esperando que sus padres se explicaran.
- En realidad, es que si lo piensas- siguió Amaya- es una suerte que no vayas a heredar el perfeccionismo obsesivo de tu “padre”- y dibujó las comillas con los dedos ante la mirada atónita de los demás - aunque viéndote, qué quieres que te diga, hijo, no me extrañaría que fueras sangre de un pobre tarado cualquiera- y se quedó pensando Amaya. El salón en un silencio pesado y mareante. El zumbido en el tronco del oído, en las muelas- Yo es que no me explico qué clase de lección quiso darme la vida con ustedes…


Laura Artiles

Texto V

El tiopentato de sodio es una droga derivada del ácido barbitúrico, más conocida por el nombre de pentotal sódico o amital sódico o trapanal.
El pentotal ha sido utilizado en psiquiatría porque parecía mejorar la fluidez de respuesta en la relación con el paciente. Este es el uso que ha dado fama este fármaco, y por lo que se le conoce como suero de la verdad. Teniendo en cuenta que como agente hipnótico, con una dosis controlada, su actuación en el cerebro humano produce depresión de las funciones corticales superiores, se pensó que podría resultar de utilidad en interrogatorios. Se considera que la mentira es una elaboración compleja, consciente, mucho más complicada que la verdad, así que, si se deteriora la actividad superior cortical, al sujeto le resultará mucho más complicado mantener su voluntad y la “verdad” fluiría en su conversación con mayor facilidad. Eso es, al menos, la teoría, puesta en práctica durante decenios por los servicios de espionaje de muchos países. Hasta cierto punto, la idea es correcta, pero no garantiza, ni mucho menos, que el sujeto vaya a contar lo que se espera, puesto que hay muchos factores que pueden modificar el experimento, desde un entrenamiento especial hasta condiciones ambientales o, simplemente, una asunción de la mentira como verdad por parte del sujeto.
En dosis altas el pentontal sódico induce un coma rápido, llegando a ser letal.

Fuente: Wikipedia

domingo, 30 de noviembre de 2008

Tránsito de pasajeros -4.1

Bonus Track: Historia
Aeropuerto de Lanzarote- Guacimeta

Estás tomando notas en la última hoja de una libreta, sentada delante del Teatro. No quieres que se te vaya una historia que te acaba de venir a la cabeza. Y a la vez vigilas que no se te escape la guagua. Cinco líneas sobre un pirado que ve cosas que no ve más nadie. Ya te pondrás y la escribirás. Luego, semanas y semanas después, cuando se te acaba la libreta, arrancas la hoja, que a esas alturas sólo es media hoja (en la media que falta están el teléfono de Paco y un "marmota mía, fui a sacar a la perra, vengo pronto, traigo churros, besos"), y la doblas y la metes en la cartera. Ya te pondrás, ya te pondrás. Pasan meses, y a la cartera le cae encima un café y leche (porque eres torpe), y tienes que vaciarla y tirarla y rescatar lo que aún sirve para algo (poco). Las cinco líneas aún se pueden leer, pero tú no las lees. Las secas y te las metes en el bolsillo. Sí. Ya te pondrás. Del bolsillo van a un cuadernillo chico. Pasan más meses. Un día, así porque sí, te pones y escribes la historia, pero no te gusta. No rueda bien. Se atasca. La escribes otra vez. Tampoco. Es que ni se entiende. La escribes otra vez. Te aburres y la dejas. Igual la historia era una bobería desde el principio. El cuadernillo chico se te pierde. Luego te mudas. Y en la casa nueva, en una caja llena de calderos, cafeteras y servilletas, aparece el cuadernillo, con la historia dentro. Ah, mira. La vuelves a escribir. Ay. No. O sí. No sabes. Se la mandas por e-mail a tu amiga la Peláez, a ver qué dice. Ella dice que le gusta, pero le parece que al final falta algo. Es verdad. La vuelves a escribir. Otra vez. Y otra. Entonces sientes que ya. Y la guardas. No la miras más porque sabes que si la sigues mirando la escribirás y la volverás a escribir una y otra vez hasta que se te gasten los ojos y los dedos y te mueras de vieja.

Pasa tiempo. Tienes un blog. Te acuerdas de esa historia. La buscas y la subes. No le cambias nada por... por superstición. Cuando las historias están hechas, piensas tontamente, son como máquinas, como muñecos de cuerda. Si caminan solas, es mejor no tocarles ni una tuerca, ni un muellito. Porque en realidad no sabes por qué se mueven.

Doce líneas. Ahí está, mírala. Existe. Se mueve.

Y cómo estará el pirado, qué cosas verá, qué cosas querrá ver.

María Hernández Martí

sábado, 29 de noviembre de 2008

L´Isère

… rehusé en cierta ocasión ser amante de esa joven, quizás la más amable que haya conocido; y todo por merecer a ojos de Dios que Métilde me amara…
Stendhal, Recuerdos de egotismo.

Hace cosa de un mes me encontré con un viejo amigo de la facultad, éste me refirió un hecho insólito. Me dijo que haría como dos meses que, estando en la oficina de la sucursal bancaria para la que trabaja, apareció por allí Eduardo Ginés. Creo que me contó el suceso con la esperanza de que tal vez yo le ofreciera alguna información que explicara cuanto de confuso tuvo aquel encuentro, y es que Eduardo y yo habíamos sido muy amigos durante el periodo universitario. Pero lo cierto es que hacía años que no sabía prácticamente nada de él.
Me explicó este amigo que reconoció a Eduardo nada más verle y que se alegró hasta el punto de levantarse de su silla y dirigirse hacia él. Pero que al llamarlo por su nombre, Eduardo contrarió el gesto y le dijo –disculpe, creo que está confundido. Pero él estaba casi completamente seguro de que aquél no podía ser sino él, de modo que, tras unos segundos de extrañeza, volvió a espetarle –¿no es usted Eduardo Ginés, de la facultad de filología?, pero aquél volvió a negarlo tal y como lo hiciera anteriormente solo que esta vez añadió un “siento no poder ayudarte Santiago”. Este amigo quedó extrañamente confundido, tanto por el hecho de que efectivamente se llamaba Santiago, cosa que de tratarse de un extraño no tendría por qué saber, como porque aquel rostro, el porte, los movimientos incluso y la voz sobretodo eran sin duda las de Eduardo. Y durante su exposición de los hechos debo hacer constar que remarcó especialmente esta impresión.
Aquello, en un principio, me recordó que una vez había tenido un buen amigo que se llamaba Eduardo. En cuanto a lo que me comentó Santiago, la verdad, no le di mucha importancia.
El caso es que me propuse retomar el contacto con mi viejo amigo de la facultad, pero fue infructuoso. Primero lo intenté llamando a su viejo móvil. Después por mail. Y ya por último, rebusqué en mi vieja agenda a la búsqueda de alguna otra pista que me llevase hasta él. Encontré el número de teléfono de su casa paterna. Hablé con su madre. No sabía nada de él y parecía bastante afectada. Después hablé con su hermana. Ella me comentó algo acerca de algún episodio parecido al que vivió Santiago. El caso es que me interesé por el asunto y esto es lo que cuento a continuación reunidos los testimonios que he podido recabar.
Grenoble. Mes de julio. Sopla una leve brisa alpina que hace sonar, ligeras, las hojas de los árboles. Pero hace calor. Eduardo y Esther están de vacaciones. Hace dos días que llegaron y Esther insiste en seguir rumbo a Milán. Fue él quien insistió en conocer la ciudad. El motivo: la enorme veneración que siente por Stendhal. ¿Pero no decías que Stendhal odiaba Grenoble?, la odiaba, sí. Pero era como ella. Su escritura es franca, plana, directa. Y esta ciudad, ya ves, también lo es. No tiene subterfugios.
Están en una terraza. Es temprano. De pronto pasa ante ellos un peculiar personaje. Un tipo rechoncho, de altura media, rostro grueso, enormes patillas y lo más peculiar, lleva un traje de época. Nadie parece sorprenderse. Eduardo lo reconoce al instante ¡Pero éste va disfrazado de Stendhal! Vamos, le dice a Esther. Pero ésta está aburrida y le dice que mejor le espera allí sentada tomando tranquilamente su café. Mejor, piensa él.
Eduardo sigue a Stendhal desde la calle de Henri Beyle hasta una calle estrecha que da al al río Isère. Allí, el notable escritor francés se introduce a través de una casa con entrada ajardinada hasta una puerta que desciende a un sótano. Sobre su puerta hay un cartel, viejo, de madera, donde pone Musée d’Henri Beyle. Eduardo está confuso. ¿Por qué no había oído hablar de ese museo antes? Y además, en esta calle recóndita… enterrado entre dos enormes y elegantes edificios de ventanas batientes tipo puertas y tejados en mansarda. Y ese cartel, minúsculo y dentro del jardín, imposible de ver a menos que te asomes. Le pareció extraño, pero le encantó el descubrimiento. Vaciló un instante entre volver o no a por Esther. No, mejor entrar solo, además a ella no le interesaría.
Traspasa el umbral de la puerta. Desciende a través de unas escaleras oscuras de madera. Crujen. Una vez abajo (luz tenue de bujías) Stendhal charla amigablemente con la recepcionista del museo. Éste se quita la peluca, está completamente calvo. Después se pierde por un pasillo.
La mujer le da la bienvenida a Eduardo al museo de Henri Beyle. Le dice que se trata de un museo diferente pero no único, es de ese tipo de museos que ideó el checo Stepanek. Su razón de ser se basa en una sola idea: experimentar la alteridad. ¿Qué querrá decir? Eduardo lo descubre enseguida. Una vez paga su entrada, es conducido por el mismo pasillo a través del cual se perdió Stendhal. A mano izquierda hay una puerta. Tocan. Abre una mujer. Esta habitación está muy bien iluminada por largos tubos de neón de luz blanca. Siéntese por aquí.
Comienza su incursión en la piel de Stendhal. El trabajo es laborioso. Aquella mujer se encarga de caracterizarle. No tarda tanto, conoce bien su trabajo. Una vez terminado, no se le permite mirarse en el espejo. Se nota el rostro pesado y tirante. Ahora vístase, pero antes póngase esto (goma espuma), Stendhal era barrigón. Y ahora la peluca. Así está perfecto…
Salen al pasillo. Un poco más adelante se abre otra puerta. Pase. Ahora va a estar solo durante un rato, si algo le inquieta y no puede soportarlo no tiene más que tocar a la puerta. Yo misma le abriré.
Interior de la sala. Ésta está completamente a oscuras. Todo está en silencio. Se nota extraño con la barriga abultada. En cuanto al rostro, lo siente como acartonado. Tan solo los ojos diría que son suyos, pero los siente como atrapados detrás de una careta. No obstante no puede ver nada.
Oye la voz de un hombre mayor que le llama hijo sin el menor rastro de cariño. Se trata de una grabación. Después proyectan una imagen en la pared. Un niño en el entierro de su madre. Visiblemente triste, sollozando. Un hombre (¿el de la voz?) le mira desde el otro lado del ataúd. Algo en su mirada la hace insoportable. Es inquisitiva, rencorosa. Después las burlas en el cole “chino”, “gordinflón”. Las voces y la proyección duran como veinte minutos, poco le produce un feedback agradable. Después se encienden las luces. Se trata de una habitación pequeña y rectangular. Vacía. Salvo a sus espaldas, donde hay un espejo.
Su reflejo en el espejo le produce una gran impresión. Su rostro es grueso, tiene papada, flácidos carrillos, una nariz rechoncha y unos ojos nimios entre tanto bulto. Muchas cosas no le gustan de esa cara.
Antes de salir de aquel cuarto, volvió a apagarse la luz y volvieron a recrearse sensaciones diversas derivadas de vivencias del escritor francés. Desagradables imágenes de un París sucio, frívolas escenas de salón con damas que no mostraban interés por él, imágenes de Rusia, Alemania, Londres, Milán. Y algo realmente hermoso, una pieza de Mozart para clavicordio, donde los sonidos redondos y etéreos (como pompas de jabón) que emanan de éste se mezclan con las líneas claras (como de lápiz) del violín.
Una vez fuera de la sala, la señorita de la recepción invitó a Eduardo, Monsieur Beyle, a dar, si lo consideraba oportuno, un paseo por Grenoble. Si tiene un alma nostálgica, le recomiendo un paseo por el río, pero cuidado con mirarse en él, pues es sabido que deja un recuerdo indeleble en la memoria de los nostálgicos.
Eduardo dio un paseo por Grenoble. Ciudad situada a los pies de los Alpes, allí donde estos son sorteados por el sinuoso río Isère. De pronto se acordó de Esther. Se apresuró a ir hacia el café. Desde lontananza observó que todavía estaba allí, visiblemente inquieta por su tardanza. Pero antes de acercarse quiso realizar un pequeño requiebro. Caminó por la acera de enfrente hasta unos árboles y desde allí la observó unos minutos. Hojeaba una guía de viajes, miraba el reloj y buscaba a alguien a través de las calles. Creía saber a quién, a Eduardo, su novio. Al poco Esther reparó en su presencia entre los árboles y algo, algo como una mezcla de sorpresa y terror ensombreció su mirada, por lo demás dulce, de Métilde.
Jorge Plaza

viernes, 28 de noviembre de 2008

1429, Argel

El hombre de la fotocopiadora, Ali, una versión árabe y envejecida de Ricardo Darín, me llama mientras espero para entrar en el despacho de la jefa de estudios, me toma del brazo y me dice que va a presentarme al lector italiano. El tantas veces, no tantas, mencionado señor Rossi aparece ante mí. Es un hombre mayor de cuarenta años, en cualquier caso una edad impropia para ser lector, o al menos para la idea que me he hecho siempre de un lector, no digamos para ser lector en Argel. Italiano, mayor de cuarenta y lector en Argel se me hace, pero sólo por un momento, inconcebible. El caso es que aquí está, plantado frente a mí, ofreciéndome su mano. En la otra lleva dos maletines, uno de piel y otro para el portátil. Lleva un chaquetón azul. Lleva una bufanda de un rojo gastado. Me pregunto qué hace aquí, y como en cierto modo me devuelve la imagen de mi propio reflejo me pregunto qué hago aquí. Me pregunto si es un espía. Nos estrechamos la mano. Hablamos en italiano. Hablamos de Italia y de Canarias. Me pregunta si ya he empezado a dar clases. Le digo que prácticamente desde que llegué. Se acerca y me dice confidencialmente que entonces ya me habré dado cuenta del carácter espartano de este lugar. Sonrío. La situación me recuerda a la escena del encuentro entre Martin Sheen y Dennis Hopper en Apocalypse Now. Intercambiamos números de teléfono, se ofrece para ayudarme en lo que haga falta, nos despedimos y lo miro alejarse por el pasillo, lo miro salir por la puerta del departamento. Salir a Argel sin pensárselo, como alguien que se desprende de un trampolín y da ese único paso en el aire sin saber si estará llena la piscina. Llena de agua en el mejor de los casos. Ni siquiera si habrá una piscina allá abajo. Apoyado en la pared, el hombre de la fotocopiadora nos ha estado mirando conversar. Me pregunto qué hace aquí.

Josué Hernández

jueves, 27 de noviembre de 2008

modelo de escritura

disimula su edad, algo así como 40, porque piensa que a estas alturas los años van atados con cuerdas toda la década. la cara simétrica, tiene los ojos paralelos, las orejas y el pelo de su barba poco poblada sale imitándole de ambos lados. maldita sea el color de sus ojos -dice-, y su cuerpo de casi metro noventa musculado le acobarda. no le gusta que le miren. no le gusta mirarse. en la calle le radiografían desde el bulto del pantalón hasta el pelo castaño y liso que calca su cabeza con la de los escaparates. odia que le observen. ellas, de todas las edades. ellas, vírgenes, maduras, mujeres atléticas, cuerpos estrechos y entregados.
termina de escribir y vuelve a salir a la calle después de la ducha. en el macuto de cuero unos cuantos libros: W. Gombrowitz, G. Rojas, F. Morábito. y en la cafetería donde la camarera maniática le regala el café, se para a revisar lo que tiene en la carpeta del macuto y lo lee unas cuantas veces. sale nuevamente a la calle, aunque le resulte incómodo tener clavados algunos ojos pintados, y se sube a la moto rumbo a su despacho. normalmente las reuniones duran unas cuantas horas que sumadas a la gestión de la mañana completarán su día, la comida también la aprovecha para verse con algún cliente, siempre en la misma mesa del restaurante, escondido de las otras. por la tarde, temprano, vuelve a colocarse el casco y atraviesa toda la ciudad con el macuto de cuero pegado a su cuerpo hasta llegar al destino. esta vez se siente nervioso, y de nuevo vulnerable. del macuto saca la carpeta y va directo a la puerta del edificio y toca uno de los timbres. al entrar, la secretaria con una inmensa sonrisa, coqueta y seductora, le hace pasar a la oficina principal donde un hombre le invita a sentarse. -lo siento, prefería decírselo en persona- es ya la cuarta editorial que le rechaza el libro, ya no saben qué excusas ponerle, ya no saben qué decirle. sigue aún en su cabeza taladrada la del editor viejo y podrido que le dijo que la poesía es un invento de los feos. se resigna y le da las gracias nuevamente, saluda a la secretaria y sale a la calle. del macuto saca la carpeta y los libros y los mete en el contenedor de basura que tiene más cerca. qué importa. volverá a escribir. se sube a la moto con el casco agarrado a un brazo y se marcha calle abajo hasta perderse entre los coches.

Octavio Pineda

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Mal texto

2009. El cajón
Un gran cajón de madera va dando tumbos desde un pueblo del sur de Italia hasta el mar,no sin antes recibir la caricia de las luces urbanas de la moderna China al anochecer. A Luca le costó poco meter el cuerpo de Matilde en aquel cajón. 
En los muelles hay siempre un cajón con las dimensiones idóneas para guardar el misterio de cualquier persona. 1,50 por uno 1,50. Si es un artista: cabe el cuadro, el verso, la ultima copia del film mordida por un perro... El estallido de imaginación de 1,50 por un 1,50 reciclado en algo con la etiquetita de la fecha de caducidad, en algo humano. Si es un asesino: el instante, el secreto, la razón o la sinrazón guardada en aquel casquillo inútil. Si no hay misterio, la caja cerrada jugará a que tiene algo o a que no lo tiene. Si no es nada de lo anterior, si el misterio es una emoción real, entonces es algo mas complicado. 
Luca tiene 90 años. Matilde 89. Un precioso año de diferencia que Luca y Matilde han usado durante sus 68 años de matrimonio para tener divertidas discusiones. 68 años de matrimonio no pueden ser contados con poesías en la vida real, dolores sin el suficiente dramatismo para ser contados en mala literatura, esa que enumera y enumera: abandonos diarios por cuestiones económicas, llamadas furtivas desde el trabajo cual amantes...Carajo.
Luca metió en el cajón a Matilde tras la visita del doctor Buendía. -Luca hoy duermes solo-. Menos mal, describir como hacerlo con el cuerpo muerto me hubiera sido imposible. Luca actúa con cuidado, poniendo la profesionalidad de 68 años de experiencia. La besa, la acaricia, la crea. Es cierto Luca crea a Matilde. Después de tres segundos sin verla es como chocar con una galaxia. Carajo. Trum. Eso era el estruendo de mis gafas chocando con la mesa. Volvamos a la tercera persona por dios, volvamos a Luca. Luca lleva a Matilde en la Vespino Roja (Matilde se empeñó en que Luca guardara la moto a pesar de que en el pueblo se reían de el). Por fin llegan al puerto y Luca sienta a Matilde en una silla con la maldad que se hace siempre con los ancianos, certificando que ellos no pueden con el peso de la manzana de Einstein. Se hace de noche y el puerto se queda sólo para delincuentes, bandidos, violadores, borrachos, marineros extraviados... Aquí vuelven las enumeraciones. Creo voy a hacer la lista de la compra en vez de contar lo de Luca. Luca. Matilde soñando cae en el cajón. Luca podía simplemente haberla enterrado, o incinerado, y fin de la historia de Luca, fin de la historia de Matilde. Luca mete el cajón en un barco en el que duermen 500 chinos. Luca enciende la Vespino y se va a casa por última vez, para dormir por ultima vez, para soñar por ultima vez, para morir sabiéndolo, como otra cosa más de la vida, aputándolo entre la sopa e ir a comprar el pan al día siguiente... Matilde era el misterio más grande que había vivido Luca en su vida. Se imaginaba como un gran científico, como el de la manzana, con 68 años para desvelar un misterio, y Luca lo hizo. Pero no podía contarlo sin que resultara ridículo. Por eso Luca hizo lo que hace un camionero napolitano llamado Luca ajeno a mi mala literatura. Meter a Matilde en una caja y mandarla al océano pacifico para encriptarla como a un supuesto tesoro chino. Por cierto, perdonen al estúpido del narrador, pero me deje llevar por la ternura, me deje llevar por Matilde...

A.León

martes, 25 de noviembre de 2008

IRC

Susana empezó siendo Pícara76 y lo mantuvo unos cinco o seis meses.
Le dio para tres relaciones formales, dos de ellas simultáneamente, y para cuatro polvos de urgencia una serie de domingos en los que se encontró desmedida y voluptuosa.
Le fue bien. Los tipos de los polvos no eran extremadamente raros, y hablaban y pronunciaban las erres con normalidad. Susana les abrió la puerta después de tres minutos de estudio macroscópico vía telefonillo. Los recibió desnuda con dos copas de champan entre los dedos. Así de clásica y apasionada era Susana. Ellos, los cuatro, enloquecieron. Para Susana ninguno valió tanto como para repetir, así que les bloqueó en el chat y llamó a movistar para restringir sus llamadas entrantes. Ellos insistieron desesperados, googlearon Pícara76 y Susana a secas sin resultados satisfactorios unas diez mil veces. Y al tiempo, la olvidaron. No sin antes hacer guardia en el portal, estrictamente, algún sábado de borrachera y amor romántico. Y tampoco volvieron a verla. Susana se aburrió pronto de sus flirteos fantasma. Y decidió, de puro tedio, inventarse a dos personas: Roberto (guaperas, triunfador, madurito de ojos verdes y lánguidos andares) y Venancio (fontanero jubilado que se ocupaba en redescubrir su sexualidad, tantos años maltratada).
A la semana ya había recosntruído cinco vidas. Las cinco, tres aliñadas por Roberto y dos por Venancio, que también mentía como un cosaco y se decía médico estomatólogo en lugar del fontanero que Susana había decidido que fuera, brillaban en estos días con mejor suerte que hacía siete lunas. A Susana le pareció milagroso. Una tal Sara, reciente cibernovia de Roberto, le decía que hacía muchísimo tiempo que no se ilusionaba con la vida, qué cuánta paz le había metido en el pechito en tan poco tiempo, que cómo era posible tanta conexión viniendo de un hombre de tal exclusividad social. Sara lo miraba desde las vergas flacas que tenía por pestañas y Rober le decía que le gustaban sus hombros dulces. Y que ella era para él, la raíz que lo conectaba con la tierra, salvándolo de lo frívolo de las altas alcurnias donde navegaba.
Venancio, a lo sumo, podía atender dos conversaciones a la vez. Susana, por su parte, moderaba el teclear al de un señor de sesenta y cinco años, y respondía a las preguntas según el día: los más aplicados, contextualizaba y se ponía una foto al azar que suponía suya en el escritorio y le inventaba una retahíla de dramas a Venancio, que él luego contaba con la parsimonia de los viejos solitarios. Otras, los días más locos, respondía aleatoriamente, sobretodo si andaba Venancio cobrando vida, adjudicándose identidades exhuberantes, tipo: Farfullo, un jovencito ardiente y virginal, que hablaba pues como un fontanero, o Malote16, un adolescente en el pico de su rebeldía intrínseca.
Las complejas construcciones de Susana la fueron alejando de la vida real. Acabó manejando la relación de Rodri con Sara, Leti79 y Cocoteroazul al mismo tiempo que la de Venancio con Lola50 y Chicot-E (que rima con zipote, por eso insitió Venancio en conocerle, por lo sugerente, aunque en realidad fuera su vecina del quinto, la de Susana). Además, todo se le tornaba a Susana como un bucle sin fina lal toparse, sorprendida, con las identidades inventadas de sus propios monstruos: Farfullo, Malote16, códigoPENAL o A-ma-me30. Yo, la que narra, supongo que todos nos inventamos, pero no tanto. Una locura. Meticulosa. Ingente cantidad de datos y habilidades para tantos personajes, tremendos guiños y particularidades, manías locas. Y siempre cada uno la suya.
Hubo días en que Susana echó en falta sus relaciones rápidas y verdaderas con desconocidos. Para no inventarse tantos matices. Para no tener que controlar la (i)rrealidad con tremenda cautela. Para no medir los datos que suministraba a cuentagotas (para que no perdieran interés) a sus contactos del chat.
Sobretodo una de sus creaciones la entusiasmó por sorpresa. Germán. Susana decidió que treinta y dos. Guapo, de esos guapos que si se recortan la barba ya no son guapos, de los naturales. Rarito desde chico, venido a más, desde que se encontró con algunos de los suyos en la facultad de filología (la confraternización entre marginados es de una terapéutica pasmosa) . Filología Inglesa por el amor a London (pronunciado landan, por hombre viajado). Desaliñado. Estudiadamente desaliñado. Vaqueros raídos, chaquetón militar de hace veinte años, verde grisáceo. Playeras con sólo uno de los cordones rojo. Para recordárse a sí mismo la sangre que lo mantenía vivo y sufriente. Libro en mano con rigor. Milimétrica la caligrafía en los márgenes del libro que fuera. Sin excepción. Habla holgada. Verbo chispeante (y dramático, según las vísceras). De una prolífica producción literaria y pensamentística. Posmoderno. Rabiosamente. Le construyó un blog y le puso gafas de pasta por las tres dioptrías en el ojo izquierdo. Y ahí sigue Susana, tras su parto sin dolor, disfrutando de ella, y de él y de todos los que alcanza a conmover con sus delirios, posteados a diario estrictamente para ellos, que quién sabe si también son verdad o son mentira.



LaU

lunes, 24 de noviembre de 2008

Impostura

- Se le ve sorprendido, profesor ¿le ha cogido por sorpresa este premio?
- Sí, sin duda... ha sido... una grata sorpresa
- Venga, señor Mendoza, no nos querrá hacer creer usted que no le habían avisado de que estaba entre los finalistas

Sí, sí, claro que estaba avisado, claro que me llamaron anoche, mi editor, para decirme que finalmente se había decidido fallar este año a mi favor. No es eso lo que me sorprende, deben ser los flashes, los micrófonos, la expectación.

- No, no, claro que no, es... estrictamente confidencial, me he enterado unos minutos antes que ustedes.
- Bueno, pero siendo usted el máximo experto en Fürler, y habiendo recibido ya otras condecoraciones de prestigio como el Jovellanos el pasado año, debía saberse usted entre los favoritos
- Sí, claro, siempre hay quinielas, pero sólo son eso, predicciones...

Di las gracias, intenté avanzar entre la multitud, necesitaba entrar en la sala, estar rodeado de los míos, aquellos que confiaban en mí, que me habían hecho llegar a donde estaba, justo en el centro de aquella nube de cámaras y grabadoras. Por fin logré atravesar la puerta.

- ¡Enhorabuena! – Antonio se acercó hasta mí triunfal, como si el premio lo hubiera ganado él, y en parte, así era – ¿Ves como tenía razón? Te dije que al final cederían... ¿Estás bien?

No estaba bien, estaba sudando. En la sala había una mesa enorme llena de ejemplares de mi libro de 300 páginas, el ensayo definitivo sobre la obra de Fürler, para el que me había centrado, como hilo conductor, en la consecusión definitiva de todo su trabajo, el mar al que iba a parar la corriente de cada uno de sus relatos, de sus novelas cortas, incluso sus artículos de crítica nacían y morían en esa novela que no escribió hasta los 60 años, pero que en rigor había estado escribiendo toda su vida. Esa era mi hipótesis, y la había demostrado con creces, analizando cada uno de sus trabajos previos y situándolos como germen incosnciente de su gran obra, haciendo gala, de ese modo, de un dominio total de la misma.

- Oye, oye, oye, ven aquí – Antonio me cogió por los hombros y me acompañó a los sillones de la sala contigua, mientras me hablaba con la voz de las confidencias – sé que esto abruma ¿vale? Toda esa gente ahí fuera, haciéndote preguntas... Esto no es como el Jovellanos, y sé que lo sabes, se trata de un premio muy mediático, tendrás que aguantar todo esto, pero sabes que vale la pena...

Antonio había sido mi editor desde el principio, desde que gané el certamen para jóvenes investigadores que organizaba la editorial. Se trataba de un breve ensayo sobre un libro de relatos de Fürler, El Vértice (Der Scheitelpunkt). Era un libro de juventud, bastante fácil de analizar, pero Fürler es un autor arduo, con mucha producción, y no hay muchos trabajos en torno a su obra. Por eso cobra especial importancia mi último libro sobre La senda de la guerra (Der Kriegspfad), que así es como se llama la obra cumbre del autor. Este libro, largo, complejo, posee tantas claves de interpretación que precisa conocer a fondo la obra del escritor, no ya para interpretarlo, sino tan sólo para entender su lectura más superflua. Yo había escrito 300 páginas sobre esta obra indescifrable, y me merecía el premio, y el reconocimiento, y la buena marcha de las ventas.

- Tienes que estar tranquilo, te lo mereces, has trabajado mucho en este autor,lo has trabajado más que nadie ¿conoces a alguien que ni tan siquiera se haya leído en condiciones ese libro?

Todo empezó por casualidad. Yo conocía bien la obra de Füler, es cierto, había leído todos sus trabajos periféricos, su obra menor, incluso había realizado una estancia en la Universidad de Erfurt traduciendo unos textos inéditos que se conservan en la cátedra que lleva su nombre. Sin embargo no había empezado aún a trabajar, ni tan siquiera a leer La senda de la guerra.
Fue entonces cuando se organizó aquel congreso: “Obras cumbres de autores europeos del s XX”, y mi director de tesis se empeñó en que participara. Era un congreso importante, bueno para mi currículum y para el currículum del departamento.
Todo fue muy rápido. En un fin de semana me leí todas las reseñas que encontré sobre la obra, revisé algunos fragmentos, los trabajos parciales que existían, y llené los huecos con lo que conocía sobre el autor, que era mucho. Pude resolver holgadamente un texto de 20 páginas, y mi intervención en el congreso fue todo un éxito. Realmente parecía que conocía a fondo el libro, y sin haberlo leído.
Desde luego, tenía mérito.
Pronto empecé a despuntar como experto, a ese artículo le siguieron otros, y conferencias, y estudios comparativos con otros autores. Era todo tan rápido, que ya no hubo tiempo de rectificar.
Sin embargo, aquella tarde, al llegar a la puerta del recinto y percibir toda esa expectación empecé a notar una inquietud desconocida, un nudo en el fondo del pecho. Pasamos al auditorio y los disparos se multiplicaron. Era un auténtico tiroteo y yo, que pasaba por ser la diana, me coloqué tembloroso en la mesa central, junto a mi editor, Antonio, y mi mentor, que me esperaba con una sonrisa cómplice sentado en la silla de la derecha. Oí mi presentación como desde lejos, como si estuviera sentado entre el público, al fondo de la sala, y pensando en otra cosa. Cuando por fin me tocó hablar, aún se oía alguna garraspera, algún flash, pero en general reinaba un silencio que me aplastaba la cabeza. Cogí mis papeles y pude leer:

"Wolfgan Füler, justo antes de morir, en un último esfuerzo tomó aire y cogiendo de la mano a su asistente, que le acompañaba en su lecho de muerte, acertó a decir: Mi vida tiene sentido porque vive mi obra. Puedo morir tranquilo porque he dicho hasta la última palabra: La senda de la guerra"

Ya no oía nada más que mi propia voz, mi propia pausa. Noté como el calor me subía hasta las mejillas, bebí agua, y miré de frente el tablero de la mesa, blanca, blanquísima

"Pero, al fin y al cabo, yo no estaba allí, y ni siquiera conocí al asistente, así que... quién puede asegurarlo"

Llegué a casa tarde y despeinado. Me serví una copa. Abrí el libro.

Sheila R. Melhem

domingo, 23 de noviembre de 2008

Texto IV

1842. El cajón
Un gran cajón de madera va dando tumbos desde Civitavecchia hacia Francia, pasando por toda Italia […] ¿Quién habría de preocuparse de ese señor a quien los periódicos ponen una gacetilla necrológica de seis renglones escasos? Colomb hace abrir el cajón ¡Dios mío qué gran cantidad de papeles y qué escritura tan rara, llena de signos y de claves! ¡Qué caos el de ese maniático de escribir! […] Colomb lo vuelve a guardar todo en el cajón y lo envía a Grozet, amigo de Stendhal. Grozet, a su vez, lo envía todo a la biblioteca de Grenoble para que allí quede todo amontonado indefinidamente. En la biblioteca, se pegan unos billetitos en cada fascículo; se pone además un sello y se registra ¡Resquiescat in pace!
RETRATO
Se dispone a salir […] se da una rápida ojeada en el espejo. Se contempla y, enseguida, un pliegue de sus labios le da una expresión sardónica; no, decididamente, no se gusta a sí mismo. ¡Qué cara tan tosca! Parece la de un bulldog; es redonda, roja, burguesa. Su nariz, gruesa y abultada, se extiende demasiado amplia en medio de su cara pueblerina. Los ojos, en verdad, tal vez no fueran tan feos; pequeños, negros, brillantes de inquietud, pero son demasiado diminutos y están metidos profundamente bajo las cejas gruesas que limitan su frente pesada y cuadrada […] ¿es que hay algo que esté bien en esa cara? Stendhal se contempla con gesto de enfado. Nada es agradable, nada hay delicado, espiritual o vivo en su rostro […] quizá su cabeza redonda y ornada de patillas sea lo mejor que hay en su cuerpo […] más abajo, vale más no mirar, pues se trata de una verdadera panza […] Las manos, en todo caso […] Stendhal se aparta del espejo […] de nada sirve el tinte que da un hermoso color castaño a sus patillas, ha tiempo encanecidas; de nada sirve la peluca que le cubre la calva [...] todas esas cosas disimulan tal vez la vejez, la obesidad, pero, a pesar de todo, ninguna mujer le volverá la vista en los boulevards […] sólo queda una cosa: ser ingenioso, amable, interesante y atraer la atención no a su cara, sino a su interior.
Pocos hay que hayan mentido tanto, y con más pasión mentido al mundo, como lo hizo Stendhal […] en su cubierta o en el prólogo hay ya un nombre que no es el suyo, pues el autor, Henri Beyle, llana y sencillamente empieza por ocultar su nombre. A veces se adjudica un título de nobleza, otras se disfraza con el nombre de "César Bombet" o añade a sus iniciales H. B. unas A. A. Misteriosas […] y la última de sus farsas es, ¡record asombroso de la mentira!, que, por disposición testamentaria, ordena se ponga sobre su tumba una mentira tallada en mármol; así que, en su cementerio de Monmartre, se puede leer la lápida de su sepulcro, que dice así: Arrigo Beyle, Milanese. ¡Él, tan francés, que se llamó Henri Beyle, que fue bautizado en su ciudad natal de Grenoble!
El artista.
Preferible es parecer duro a lacrimoso; preferible parecer poco artista a demasiado patético; preferible ser lógico a lírico. De ahí su lenguaje masticado hasta lo inverosímil; antes de empezar su trabajo, todas las mañanas, lee el Código Civil para habituarse a su estilo seco y preciso […[ quiere claridad y verdad, aun dentro de los sentimientos más complicados quiere luz hasta en los rincones más profundos del corazón. Ecrire es para Stendhal anatomiser […] medir el calor de la pasión por grados de calor, observarla cínicamente como si fuera una enfermedad…
Stefan Zweig, Tres poetas de su vida. [Fragmentos]


Tránsito de pasajeros -3.1

Bonus Track: Arabesca nº1 - Debussy.
Aeropuerto de Málaga - AGP


Tengo una imagen que me tortura, llámenme pervertido si quieren, pero pongan la mente en blanco, como un lienzo. Añadan un suelo de tierra oscura e irregular, muy marrón, muy irreal; y un cielo gris, ese típico cielo del día del fin del mundo. Luego, incrustada bocabajo sobre la tierra ponemos una nancy sin ropa interior. No se le ve la cara, ni torso, ni brazos, sólo unas manoletinas de plástico blanco, y las piernas articuladas, pero se sabe que es una nancy por lo gordezuelo de las carnes, los tobillos, el acento circunflejo invertido de encima del culo. La nancy no tiene genitales, solo un plástico color carne. ¿Quién no ha levantado la falda a una muñeca alguna vez? Seguro que esta imagen debería ser simbólica, debería significar un algo, el significante y el significado, ya lo dijo Saussure, evocar algún trauma de infancia de naturaleza sexual, pero no le den más vueltas, que no es más que eso: una pequeña y sucia postal, manoseada, manida y mojada, unos pies de muñeco asexuado en el decorado del día de hoy que es el fin del mundo.

Juan Molina

sábado, 22 de noviembre de 2008

La cintura de Lucio

-Una de dos: o pasa el balón o pasa el contrario.
Vale.
-Joder, macho, que en cada partido que juegas metes una cantada de las buenas.
Vale, vale.
-Hoy te estás luciendo, Lucio.
Y una mierda. Una mierda de partido, con un mal tiempo de cojones, lluvia y a menos algo y su puta madre. Y el campo hecho una mierda. Rollo impracticable. Rollo que ni las ves venir. Ese rollo. Y encima el brasileño ese. Todo el rato caracoleando y repartiendo sombreros y haciendo caños. Toque suave, dice. Juega, juega, dice todo el rato.
-Todavía podemos remontar, cabrones.
Sí, sí. Venga, pero para eso hay que volver al campo. Me quedaría en el vestuario, pero no queda otro central en el banquillo. Y Roca en la grada, tiene casi hasta final de temporada por una rotura de ligamento. A gusto, así hasta yo. Y no tendría que jugar partidos como este, contra el líder en casa, que está que se sale, todos sus jugadores se salen, sobre todo el brasileño ese.
-¡Vamos, vamos, vamos!
El entrenador ya se ha sentado en el banquillo y yo sé lo que está pensando. Yo sé que piensa que no valgo una puta mierda, que cuenta los días que quedan para que pueda volver a saltar al campo Roca. Y a Roca le queda como mínimo hasta abril, y mientras me voy a comer todos los marrones contra los grandes, uno detrás de otro. Barça, Valencia, Madrid, mi Atleti, Las Palmas.
-Pégate al tío ese como si fueras una ventosa, copón.
Y a Alberto nadie le chista porque es veterano y manda en el vestuario, pero hay que ver lo vendidos que nos ha dejado a Lobo y a mí esta noche, sobre todo en la jugada del primer gol. Ahí viene el brasileño ese, espera que le hago bajar el labio. Espera, espera. Toma. Toque suave.
-A la próxima te saco la roja, ¿está claro?
Vale, vale.
-Así se hace, Lucio.
Ahora la chocas, sí. Espera, espera. Tranquilo. Saque de puerta.
-¡Vamos arriba, hostias!
Sí, sí. Pa'rriba, sí. Tu puta madre. Espera, espera. Ya está otra vez caracoleando. Espérate que le doy. Dios. ¿Y eso? ¿Y el balón? ¿Y es gol?
-Recoge tu cintura del suelo, Lucio, y levántate de una puta vez, anda. Y ponte a escribir.
Josué Hernández

viernes, 21 de noviembre de 2008

orgánico

-¡Sacrotuberoso!- Y ella le acarició el vello labial y la cara de rótulo despegado.
Sin mirarla (porque mirar era de nuevo santiguarse) él siguió de rodillas refunfuñando por los colgajos y la cicatriz que le avisaba que la entrepierna había sido corneada por un mástil salvaje.
-¡Sarcófago de huesos!- Volvió a decir estrujándole el pelo y emitiendo arcadas diminutas y decoloradas...
-¡Chula!- Increpó. Y gritó -¡cretina!- con una leve punzada muscular que le devolvió de aquellas orillas abiertas su cara de romántico intrauterino adherido a la lengua.
Después de la postura y con la espalda torcida se acercaron a besarse y pasar los labios húmedos por la boca... Ella acababa de relajar los brazos y la últimas vertebras de la columna esperando el beso ensalivado y líquido. Terminado todo, recogieron la ropa y volvieron a mirar sus cuerpos famélicos y estrechos, aparentemente inofensivos, hasta que él le enfundó la bata blanca, y la de ella cayó en sus hombros como una gasa vencida. Él repitió el gesto y la acompañó a la puerta mientras se colocaba el pelo. Los dos se miraron, y antes de salir al pasillo dijeron:
-sacrotuberoso
-sarcófago de huesos
Y se tocaron la pelvis insinuante.


octavio pineda

jueves, 20 de noviembre de 2008

Defecto de fábrica


Mientras hacía el argentino -llamaba así a sus visitas al sicólogo, no para hacerme rabiar sino porque realmente lo pensaba- Josep tramaba cosas divertidas.
En esos pasitos nocturnos por una de las ciudades mas hermosas del mundo, Josep pensaba -Josep sos un boludo, y parlin en catalá collons- -El guión perfecto de Woody Allen sería escribir los diálogos del señor Bush yendo al sicólogo ante el trauma de abandonar la Casa Blanca- -La sexualidad de García Márquez será parecida a la mía ¿No?-

Josep era catedrático de Anatomía en la facultad de medicina de la Universidad Autónoma de Barcelona. Mi Josep.

Resultaba que cada vez que Josep quería comerme la concha, le venían los textos de todos los libros de anatomía del mundo. Y no sé si alguno se ha aventurado alguna vez a leer la parte de la pelvis: “La cavidad de la pelvis (cavum pelvis) presenta una abertura craneal de la pelvis enmarcada por la línea terminal. Esta línea limítrofe discurre desde el promontorio del hueso sacro, se continúa lateralmente con las ala del sacro, pasa sobre la articulación sacroiliaca, sigue la línea arqueada y termina en la mediana a lo largo del pecten del pubis. El límite caudal de la cavidad pelviana está formado por el arco isquiático con ambas tuberosidades ilíacas; dorsalmente forman esta abertura las primeras tres a cuatro vértebras caudales y su parte lateral está representada por la delimitación posterior del ligamento ancho de la pelvis o el ligamento sacrotuberoso...” A mí, la verdad, se me parece más a la descripción de una cueva por la que va a bajar Indiana Jones en búsqueda de un tesoro que al deseo, bueno exceptuando los oscuros deseos de Spielberg, Lucas, y Ford, claro.

Esto provocaba fundamentalmente que Josep sintiera hacer el amor conmigo como una tarea más de su cátedra, como si aún siguiera en el aula enseñando a sus alumnos, más que como un pequeño viaje al espacio con sabor a mate, quilmes, cortázar, porteño, chuletón...

Yo le recomendé a Josep ir a clases de literatura, o a clases de anatomía en la facultad de Bellas Artes para resolver su problema, pero mi Pep como buen científico, prefirió ir al sicólogo.

Una vez allí dejaba de ser divertido e indagaba en la ciencia de la sociologia más que en la ciencia de Josep. Que le vamos a hacer, defectos de fábrica.

A. León

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Frankenstein

Falto de inspiración me hago eco de una noticia aparecida hoy en un periódico inglés.
La mamá de Damian Hirst, D.H., ha sido detenida en el aeropuerto de Heathrow cuando volvía de pasar unas vacaciones en EEUU. El motivo de tan sorprendente detención se hallaba en su bolso. Allí, además de todas esas cosas que un mujer puede llevar, transportaba la mamá del célebre artista una insólita pieza ósea: una pelvis. La mujer, que se mostró lógicamente indignada por tener que abrir su bolso a extraños, manifestó -según fuentes policiales- su consternación por el revuelo que la susodicha pieza causó entre los agentes. Pero lo insólito de la noticia no queda ahí, pues revela dicho tabloide que más tarde confesó que aquella no era una pelvis anónima (tal y como sospechó un avispado agente al tanto de los más insólitos hurtos allende el atlántico). Ésta había pertenecido en vida al célebre Elvis Presley, cuya tumba, parece ser, fue profanada hace unos meses por unos misteriosos asaltantes que se llevaron únicamente el célebre hueso que tanto agitó el cantante en vida.
Unas páginas más allá, un reputado crítico de arte escribe un artículo dedicado a este suceso en el que afirma que las intenciones de la mamá de Hirst no eran otras que llevarle la pelvis de Elvis a su hijo. Siempre en palabras del citado crítico, Las intenciones de Hirst podrían ser completar una obra muy de su estilo, esto es: formar un esqueleto completo con distintos huesos pertencientes a antiguos dueños que le sacaron mucho partido en vida. Una vez con la pieza completa, lo más probable es que incrustara en ella cuantos diamantes cupieran. ¿Pretendería Hirst crear un Frankenstein formado con los restos óseos de tipos célebres de la cultura occidental?

J.Plaza

martes, 18 de noviembre de 2008

"Pero siempre, siempre"

La encontró tirada en el suelo.
La oscuridad del pasillo y su voz retumbando en la oscuridad ya se lo habían anunciado, y lo habían hecho forzar sus piernas torpes - estas piernas viejas que no sirven para nada- para llegar cuanto antes frente a aquel cuerpo desmontado sobre el piso.

No sé en qué momento empieza a temerse esto - pensó, consciente de que sus dedos temblorosos sobre el teléfono no eran más que la confirmación de una ansiedad que vivía en su pecho, apenas sobre la boca del estómago, y que se volvía esfervescente cada vez que giraba la llave en la cerradura al volver sólo de la calle.

Sentía que había vivido durante años con ese miedo alojado entre los pulmones, pero era incapaz de averiguar cuándo había empezado todo, en qué momento el bien fue demasiado valioso, imprescindible.

A partir de ahí, todo fue dejarse llevar. La insoportable y bienintencionada autoridad de su yerno, que gritaba por el teléfono y caminaba nervioso de uno a otro lado de la habitación, y la mano de su hija sujetando la suya, en casa, en el coche, en la sala de espera.

Él, los ojos cerrados, no podía dejar de repasar mentalmente su vida, recordandando cada evento, cada marca, buscando el origen del miedo, la conciencia de su fragilidad, la de ella, la de él sin ella.

- Tranquilo Papá, está despierta, ha sido sólo la cadera, sólo se ha roto la cadera.

Entonces lo supo. Mientras la recordaba de espaldas, colocando las cosas en las baldas altas de la cocina. Podía verse a sí mismo, delgado, tan joven que le parecía mentira, sentado frente a la taza de café, hipnotizado por las amplias caderas que se movían rítmicamente de izquierda a derecha, una y otra vez, una y otra vez, al compás de la música que salía de la vieja radio.

"Toda una vida..."

Fue entonces. Sus manos sobre el vestido liviano, la taza de café enfriándose en la mesa, su cuerpo siguiendo el péndulo sinuoso.

Sheila R. Melhem

lunes, 17 de noviembre de 2008

Agapornis fischeris

Lo pensó cientos de veces. Cuando la veía. Cuando no la veía también, sobretodo. Sin el temblor era todo más fácil: pensar, trazar estrategias, respirar...
Ella llevaba una vida insulsa. Iba a trabajar, volvía a casa, paseaba al perro, se duchaba y veía la tele.
El, un comercial mediocre al que nunca se le dio bien vender nada a nadie. Siempre decía: es más barato el que te vende Mercadona, y sus clientes le compraban cosas pequeñas sólo porque les parecía un hombre honesto. Y lo era.

Linda trabaja en una pajarería. Con su padre y su hermano el grande. Que intentó ser administrativo y nunca le alcanzaron lo suficiente las ganas, o la cabeza. A Linda le gustaban los animales. De siempre. No exactamente los pájaros, pero también. Era una romántica. Cuando conoció la leyenda de los inseparables, tomó su oficio heredado como una vocación tardía, sorprendente, y se ilusionó. Y sobretodo vendía parejas de inseparables. Cliente que llegaba, cliente que recibía, desde los ojos encendidos de Linda, la historia del supuesto amor de estos bichos de pico curvo y colores varios- si los separan, se mueren- repetía siempre, para concluir la venta, su golpe final. Y funcionaba a menudo. Así que fue poblando el distrito tres de la ciudad de Valencia de loros de colores enamorados de otros loros también de colores. Y mientras los veía arreglándose las plumas en las ventanas de las casas, al sol, era feliz, al menos un poco, lo suficiente.

Alberto, el primer día, pasó por la pajarería pretendiendo aumentar su cartera de clientes. Habló con el padre, Genaro, un hombre gordo y tosco, poco amante de la gente en general, y le ofreció macetas de 20 centímetros de diámetro tres céntimos de euro más caras que las que vendían al lado, en Rocasa, de plástico impermeable y color negro. Genaro le dijo que para qué creía él que iba a interesarse por macetas de plástico negro si no vendía plantas sino pájaros, y en casa había desterrado la posibilidad de tener más plantas después de que la mosca blanca le matara un geranio hermoso al que había dedicado horas de riego y cientos de conversaciones prohibidas. Alberto le dijo que lo entendía, y que pasaba por allí tanteando la demanda de macetas por la zona, que evidentemente después de la explicación, lo tacharía de su lista de tres comercios a visitar en la calle, y que buenos días. Linda venía saliendo del almacén, escaleras arriba, cargada con cuatro cajas de alpiste que dejó, una sobre otra, en la mesa. Alberto la vio. Y dijo ,otra vez, buenos días, y quiso irse pero no pudo. Y se agarró a los ojos de Linda un segundo más de lo que marcan las relaciones comerciales. Linda derramó el alpiste al mover la caja para arreglarse el pelo y Genaro gritó enfadado -vaya mañanita que llevamos-. El pulso desmedido les enterró en la pelvis un calor amargo. Y ambos se pensaron todas las tardes y las noches frías de ese otoño triste.
Linda recomendó parejas de inseparables con más vehemencia de lo acostumbrado. Alberto vendió macetas a un comercio a dos pasos de la pajarería a razón de tres mensuales, para uso particular del propietario.

El día que visitaba la calle, Alberto se arreglaba el pelo con zumo de limón, para que estuviera brillante. Usaba calcetines limpios y blancos y cepillaba los mocasines negros del trabajo.
A Linda no la pilló por sorpresa ni un día, pues se vestía y se perfumaba a conciencia a diario por si a él le tocaba su ronda por la calle Milagrosa.
Y se miraban. Durante dos segundos el latido intenso. Y el aire quieto en la boca de la garganta. Y el sudor frío. Y el pulso trémulo si había algo entre las manos, y si no, también. Y buenos días. Y buenos días otra vez. Días. Semanas esperando sus manos.
Y jamás se dijeron nada.

Un día Alberto se aventuró nervioso, como empujado hacia adentro, sin que nadie lo empujara, porque no podía más con las noches sin sueño recordando a Linda, con las ventas mermadas mientras trazaba un plan perfecto que no llegó nunca.
Y entró en la pajarería cargado con diez macetas negras, de plástico impermeable. Se topó con Genaro, que resopló, al temerse las cosas que ahí dentro (dentro de esos dos cuerpos) acaecían, y Alberto se quedó quieto, helado hasta que Linda se abrió paso entre los clientes y empezó a relatarle con la sangre histérica, la historia de los loros, que si separas, se mueren.

LaU