jueves, 4 de diciembre de 2008

La espalda de la jornada fue la palma de la mano

Sobre lo del pentotal no tengo nada que decir.
O tal vez sí.
Aunque lo que de verdad me gustaría contar es otra cosa, me gustaría poder contarles algo sobre mí misma. Algo auténtico sobre mí misma. Algo que me sucedió durante una visita guiada al desierto. Habíamos llegado el día antes, en avión. Habíamos sobrevolado el desierto de noche, habíamos visto algunas luces. Alguien dijo que debían de ser jaimas. Alguien dijo, pero más tarde, de camino al oasis, escoltados por un coche patrulla, que ya quedaban muy pocos camellos en Argelia, que se los estaban llevando a Malí. Alguien preguntó si no era demasiado tarde. Más tarde alguien roncaba y alguien hablaba en el cuarto contiguo con un hilo de voz apagado. Alguien se reía. Alguien tocó a la puerta, nos dio los buenos días. Desayunamos. Sólo faltó París, afuera. Alguien señaló a la lámpara con forma de Torre Eiffel y bromeó. Salimos y vimos por primera vez el palmeral que nos rodeaba. De no ser por las casas de adobe habría jurado que estaba en casa. La luz era la misma, sólo la tierra era más roja. Y más dura, quizá. Nos llevaron al desierto. O al menos a un brazo de dunas que el desierto había alargado hasta el borde mismo de la carretera. Nos subimos a una duna. Luego subimos a otra duna. En algún momento J y yo le preguntamos al guía señalando a la duna que se recortaba en el horizonte si al trasponerla podríamos correr el riesgo de perdernos. El guía dijo que sí y se rio, o tal vez fuimos nosotros mismos. J y yo, quiero decir. En cualquier caso, fue una risa nerviosa. Le preguntamos si quería acompañarnos y nos dijo que prefería quedarse. Antes de dar media vuelta nos pidió que no tardásemos mucho en reunirnos con el grupo. Vi mi reflejo en las gafas de sol de J. Mi cara parecía de oro o eso pensé. Parecía la cara de un busto dorado, una cara demasiado seria. Sentí un escalofrío. Nos sentamos sobre una duna y lié cigarrillos para J y para mí. Hablamos mientras lo hacía, y luego seguimos hablando mientras fumábamos. En realidad, fue mi primera conversación con J durante el viaje, y puede que también la única. Hablamos de lo que nos iba a pasar, a él antes que a mí. O puede que a mí antes que a él. Nunca se sabe. Hablamos de otras cosas. De hecho, todo el tiempo tuve la sensación de que en realidad estábamos hablando de otras cosas. Más allá de la conversación, quiero decir. Como si las palabras señalaran un objeto y detrás de ese objeto hubiera una sombra agazapada. O como si más allá de las palabras hubiera una mano en mi nuca. Entonces alguien nos dio un susto. Se había acercado con sigilo por detrás y nos había dado un susto. A mí al menos me asustó y creo que a J también. Aunque no movió un músculo, estoy segura de que también se asustó. Entonces alguien nos dijo que nos había echo una foto mientras hablábamos sentados en aquella duna. Sacó el móvil y nos enseñó la foto. En la foto se nos veía muy pequeños sobre la duna, pero se nos podía distinguir perfectamente. J parecía un gigante a mi lado. También parecía más oscuro, pero sólo porque tal y como estábamos sentados el sol me iluminaba la cara. Esa vez, al verme, sentí alivio. Entonces bajamos la duna. Luego bajamos otra duna, y así hasta llegar al coche. Alguien había extendido una alfombra sobre la arena. Alguien había preparado té. El guía tomaba su té y me miraba apoyado sobre un codo, acostado detrás de un arbusto. Alguien preguntó si no era ya tarde. Volvimos al palmeral. A veces íbamos a 120, pero a veces a 140 kilómetros por hora. En algún momento me quedé dormida. Esa noche lié dos cigarrillos más pero no pudimos fumarlos. Primero hubo una cena tradicional en una jaima que habían montado fuera de la casa. Luego J se puso a dibujarnos a todos en el libro de visitas. Todo el mundo quedó satisfecho con su retrato. Tal vez sólo yo pensé que no me parecía. Entonces alguien dijo buenas noches, alguien preguntó la hora y alguien dijo buen viaje.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Como si las palabras señalaran un objeto y detrás de ese objeto hubiera una sombra agazapada...
interesante

Anónimo dijo...

Y yo que también veía a J, como una figura gigante arenosa y amarilla línea del tronco de un árbol seco en medio del desierto, y pensé...
él siempre sobrevive

muy oasiano buey